Publicado: Febrero 22, 2026
La camioneta entra por el camino de ripio levantando una nube baja y lenta, como si el polvo no quisiera irse del todo. A los costados, el campo se abre sin apuro. Un molino gira con esa parsimonia antigua que no necesita testigos.
En la recepción del hotel —madera clara, olor a café recién hecho— hay un cartel discreto apoyado sobre el mostrador: “Aquí la señal es inestable”. Nadie se queja. Un hombre deja el celular boca abajo antes de firmar. Una mujer mira por la ventana como si estuviera probando algo nuevo: no hacer nada.
Hace unos años, el primer comentario habría sido otro: “¿Tienen buen WiFi?”. Ahora la pregunta se diluye. El silencio empieza a ocupar el lugar que antes tenía la contraseña.
En la galería, dos parejas conversan sin pantallas de por medio. No es una escena extraordinaria, pero tiene algo raro: nadie interrumpe la charla para mirar notificaciones. Los teléfonos descansan como objetos cansados, lejos del centro de la mesa.
El turismo se acostumbró a mostrarlo todo. Las mismas fotos aéreas, las mismas copas brindando frente al atardecer, el mismo ángulo del muelle. Durante años la lógica fue clara: cuanto más visible, mejor. Cuanto más viral, más exitoso.
Pero la viralidad tiene un efecto secundario. Lo que se llena demasiado rápido también se vacía de misterio. La playa “secreta” deja de serlo cuando aparecen los drones. El restaurante íntimo se convierte en turno numerado. El encanto se diluye como hielo en vaso largo.
En este hotel no hay carteles de “experiencia transformadora”. No hay hashtags pintados en la pared. Hay una chimenea encendida aunque no haga tanto frío. Hay una biblioteca con libros usados, algunos subrayados por otros huéspedes que no se conocieron entre sí.
Un empleado cuenta que muchos llegan con la idea de descansar “de verdad”. No de dormir más. De bajar el volumen. Algunos preguntan si la señal falla en todo el predio. Cuando la respuesta es sí, sonríen con una mezcla de alivio y vértigo.
En la ciudad, a tres horas de allí, las notificaciones siguen vibrando. El tráfico no se detiene. Las pantallas iluminan rostros en subtes y oficinas. Aquí, en cambio, la tarde cae sin espectáculo. El cielo se apaga de a poco, como una lámpara regulada a mano.
No hace falta un viaje de quince días para que algo cambie. A veces alcanza con cuarenta y ocho horas en las que nadie espera respuesta inmediata. Dos días sin algoritmo.
El lujo, tal vez, ya no esté en la suite más grande ni en el desayuno con cinco tipos de semillas. Está en esa escena mínima: una mesa compartida, un celular que no suena, una conversación que no compite con nada.
Cuando cae la noche, las luces del hotel se encienden de a una. Desde lejos parecen luciérnagas quietas. En la galería alguien se queda mirando la oscuridad como si fuera un paisaje nuevo.
El teléfono sigue boca abajo.
Y nadie parece apurado por darlo vuelta.
Enfoque directo